Cómo se transforma el aprendizaje cuando manipulamos

En el aula, cuando colocamos al alumnado alrededor de una mesa con objetos que pueden tocar, mover y comparar, ocurre algo que ningún libro consigue por sí solo: las matemáticas empiezan a tener sentido para ellos y ellas. Lo veo cada vez que trabajamos con materiales manipulativos. Los niños y niñas pasan de “imaginar” a experimentar y lo abstracto (como las unidades de medida) pasa a tener sentido propio.

En la foto, se observa un momento especial de la tarea en la que la conversación entre compañeros/as surgió de manera natural: se explican lo que ven, discuten hipótesis (discuten en general :-) ) y, finalmente llegan juntos a conclusiones. Podemos decir que el trabajo en equipo surge sin forzarlo. Cada uno aporta lo que ve, lo que duda, lo que descubre. Y entre todos construyen una comprensión más rica que la que lograrían en solitario.
P.D.: no se fiaban de que hubiera 100 cubitos azules y los contaron, uno por uno :-) Esa desconfianza sana que es, en realidad, puro pensamiento científico en acción.
No hay duda de que los materiales manipulativos no solo facilitan la comprensión, sino que generan un clima de aprendizaje activo, cooperativo y significativo.
Precisamente, esa necesidad de tocar y comprobar es la que nos llevó a nuestro siguiente reto:
¿Cómo medimos el mundo cuando no tenemos una regla a mano?
Para profundizar en esta idea, utilizamos una ficha de investigación (que os comparto más abajo) titulada "¡Exploramos las medidas no convencionales!" y este vídeo que les encantó. Aprendimos que desde la antigüedad el ser humano ha utilizado su propio cuerpo como herramienta de medida. El alumnado tuvo que enfrentarse a la tarea de medir objetos cotidianos —mesas, pizarras, incluso sus propios libros— usando sus manos (palmos), sus pies, sus pasos o sus codos. Esto es fundamental, pues como afirma Mª del Carmen Chamorro (2003) en su Didáctica de las Matemáticas, para que un niño comprenda la magnitud, primero debe experimentar con unidades de medida no convencionales, ya que estas están ligadas a su propia percepción física.
Lo más fascinante no fue el proceso de medición en sí, sino lo que ocurrió después, en el momento de la reflexión grupal:
- El conflicto como motor de aprendizaje: Al comparar los resultados de la tabla , surgió el gran debate: “¿Por qué la puerta mide 6 de mis pies y solo 4 de los tuyos?”.
- La construcción de la necesidad: A través de sus propias dudas, comprendieron por qué estas medidas no son del todo 'precisas' y por qué, más adelante en la historia, tuvimos que ponernos de acuerdo para inventar el sistema métrico decimal.
- Autoconocimiento: Al dibujar su mano y su pie en el cuaderno para compararlos , visualizaron físicamente la razón de esas diferencias en los resultados de sus compañeros.
Al final, este tipo de tareas competenciales demuestran que las matemáticas no están 'en la ficha', sino en el diálogo que provoca. Al medir con su propio cuerpo, dejan de ser sujetos pasivos que reciben una fórmula y se convierten en pequeños investigadores que descubren la utilidad real del número y la medida.
¿Qué opinas tú: crees que es necesario dedicar tanto tiempo a las medidas 'imprecisas' (palmos, pies, codos ) antes de introducir el sistema métrico, o pasarías directamente a la regla? Te leo en comentarios.
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Bibliografía:
Chamorro, M. C. (2003). Didáctica de las Matemáticas para Primaria. Pearson Educación.
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